Por Manuel Estévez
@sonoadicto
Muchos dicen que tiene casa en chapinero, que no sale de Colombia, que ese dinero se puede traer a otro artista. Quizá sea cierto, Fito representa la esencia tradicional del rock argentino, ese que el bogotano promedio relaciona con hipismo, vino caliente y noches mamertas.
Los discos El Amor después del amor y Circo Beat marcaron a una generación que encontró en el pop del rosarino música para dedicar y pretender ser bohemio. Luego con el desconectado de MTV conocieron algunos temas clásicos y la locura fue total.
El gran público se desconectó un poco de un artista que con el éxito alcanzado perdió el miedo a experimentar y creó discos musicalmente muy bien logrados pero que no gozaron de la popularidad de los mencionados. Se hizo un artista de cierto culto, de amores y odios.
Lo conozco a mediados de la década pasada. En un pequeño bar. Divo. Nada amable con quienes se acercaron a saludarlo. Su actitud me aleja de su música. Luego lo comprendo mejor. Quizás cansado, quizá no quiere que lo molesten, o simple crisis de la mediana edad que llaman. ¿Quiénes somos para juzgar cuánto se debe un artista a su público?
Con el tiempo he perdonado su arrogancia. El teclista de Charly. El genio detrás del perfecto disco Giros. El compositor de Tumbas de la gloria. El que escribe 11 y 6 encerrado en un baño de una suite mientras su banda, afuera, se pelea a puño limpio con la gente del hotel debido a una queja por ruido interpuesta por los otros huéspedes.
No me sentí cómodo cuando Fito cerró Rock al parque en el 2009. No le encontré mucho brillo. Lo mismo me pasó con Calamaro. Artistas populares como fórmula para atraer gente pero con un presente que no me dice tanto.
18 canciones conforman su último disco. La Ciudad liberada es un trabajo fresco. Renovado, regresa a un equilibrio interesante entre lo pop y lo personal. Eso me parece que valida la presencia del compositor, pianista y cantante en el Festival.
