No es el género, es la postura

Por Manuel Estévez

El rock y la música alternativa han perdido fuerza como agentes de difusión política, causas humanitarias y, en general, como expresiones de contracultura. Mientras el mundo parece caerse a pedazos, no son pocos los que se preguntan dónde quedaron los grandes estandartes de las supuestas músicas contestatarias y por qué la escena “crítica” guarda silencio frente a las crisis actuales.

En uno de los Super Bowls más complejos de la historia reciente, Bad Bunny y Green Day se presentan como protagonistas de un evento que, por definición, representa el estandarte del espectáculo estadounidense. Un escenario atravesado por tensiones políticas, económicas y raciales es intervenido por una propuesta musical cantada en gran parte en español. Tal vez no nos guste, pero llega el momento de tomar posición y dejar de esperar un vocero perfecto, heroico o imaginario.

A Bad Bunny se le ha catalogado de corporativo, vulgar, mal cantante y oportunista. El ganador del Grammy a mejor álbum del año puede ser todo eso y más. Ha tenido actitudes cuestionables —desde letras machistas hasta episodios como arrojar el celular de una seguidora—, pero es, nos guste o no, una representación global de lo latino.

A diferencia de otros artistas hispanos que prefieren la tibieza y optan por no pronunciarse políticamente o colaborar de forma directa con el poder, Benito le dice a la opinión pública que no está de acuerdo con la manera en que se está llevando a cabo la política migratoria en Estados Unidos y exalta valores latinos que él considera importantes.

Horas antes, en la inauguración del evento, Green Day fue aún más explícito. La banda modificó la letra de Holiday para mencionar el caso de los archivos Epstein. De inmediato apareció la crítica habitual: que no son punks, que traicionaron la esencia del género. Algo que es cierto desde hace décadas y que, aun así, no invalida su discurso.

Cerraron con la canción American Idiot, canción escrita originalmente contra George W. Bush y hoy recontextualizada frente al actual presidente estadounidense. Billie Joe Armstrong acompañó el tema con un discurso directo, invitando a los agentes de ICE a renunciar.

¿Qué más esperan que hagan?

No soy fan de Green Day. Hace treinta años que su música no me dice demasiado. Me gustaba su energía en los primeros años y Dookie dejó algunos himnos generacionales. Aun así, respeto profundamente a quien decide subirse a un escenario de ese tamaño y decir lo que dijo. No se trata de politiquería: es un clamor que hoy comparten demócratas y republicanos inconformes con lo que sucede en su país.

ICE fue creado durante el mandato de George W. Bush como respuesta a los atentados del 11 de septiembre, con el objetivo de regular la migración y deportar personas consideradas peligrosas. Sin embargo, durante las administraciones de Trump y el auge de la extrema derecha, este organismo dejó la discreción y se convirtió en un espectáculo mediático de redadas, detenciones arbitrarias y violaciones a los derechos humanos. Su meta actual: detener a 3.000 personas al día.

En promedio, 25 colombianos son capturados diariamente. Cuatro de cada cinco sin justificación clara. Muchos de ellos con papeles en regla o en procesos de regularización. A esto se suman tratos carcelarios indignos, jaulas improvisadas y maltrato a niños y adultos mayores. El punto de quiebre para estas demostraciones ha sido la muerte de ciudadanos estadounidenses durante estos operativos.

Los archivos Epstein

La liberación paulatina de correos y fotografías vinculados a Jeffrey Epstein ha revelado una red internacional de abuso sexual y trata de personas que involucra a figuras de alto perfil político, económico y cultural. Demócratas, republicanos, religiosos, músicos y actores aparecen mencionados en estos documentos.

Epstein habría llevado un archivo meticuloso que le permitía chantajear a sus clientes. Su cómplice y expareja, Ghislaine Maxwell, cumple condena actualmente. Es hija del empresario y político Robert Maxwell, vinculado —según diversas investigaciones periodísticas— a servicios de inteligencia israelí. Todo esto añade una capa aún más oscura al caso.

Nina Simone decía que toda música que no habla de política es ruido. Tarde o temprano hay que opinar, sentar precedentes y alinearse. Géneros como el punk, el metal o el ska blanqueado llevan décadas repitiendo consignas vacías sobre desempleo, desigualdad o guerras, sin generar impacto real. Su mensaje se diluyó en la irrelevancia y la redundancia. Hoy son los artistas pop, desde su alcance masivo, quienes lideran causas humanitarias y políticas.

El rock dejó de ser contracultura hace mucho tiempo. La masificación, el dinero y los estadios llenos produjeron artistas igual de sistémicos, banales y carentes de identidad política. Mientras tanto, músicos como Kid Rock, Ted Nugent o James Hetfield sostienen posturas abiertamente conservadoras como el porte de armas, la caza y en el caso de Nugent el inadecuado gusto por las menores. Todo esto en un género que se supone nació del disenso.

En los setenta era habitual que grandes figuras del rock se rodearan de menores de edad, prácticas hoy documentadas y cuestionadas en retrospectiva. Anécdotas “divertidas” de Bowie, Steven Tyler, Hendrix o Robert Plant hoy se leen desde otro lugar.

Massive Attack ofrece conciertos con discursos propalestinos a precios elevados. Bono acumula cuestionamientos por el manejo de fondos de caridad y su nombre aparece en expedientes incómodos. Dave Grohl, el supuesto salvador del rock, opta por no incomodar a nadie y convertir a Foo Fighters en la banda más feliz y rockera del planeta.

Las preguntas son inevitables: ¿seguiremos odiando a Bad Bunny porque culturalmente nos resulta inaceptable alguien que se parece a nosotros? ¿Seguiremos idolatrando figuras que no nos representan? ¿Envejecerá algún día Billie Joe Armstrong? No es una cuestión de género ni de color. Es sentido común, pensamiento crítico y la capacidad de reconocer dónde estamos, al menos, menos peor.

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